Los irreemplazables

Un día en el cual parece suceder nada, pero que lo resume todo.

PALABRAS Paola Conde 30 de diciembre de 2020
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Los irremplazables. Foto: Punto Ciego

Esta mañana me levante de la cama con mi pecho palpitando muy fuerte. Salí de la habitación y me senté en una de las viejas sillas de madera que ocupan el comedor.

De pronto, me quedé mirando un punto fijo, y la radio comenzó a sonar sola: Era una canción que escuché pocas veces, y de hecho quisiera escuchar más a menudo: “contigo aprendí”.

Mirá ésto
clarice lispectorLa (no) sonrisa de Clarice Lispector

Mi corazón ya se había calmado y ahora bailaba al son de la nostalgia de ese bolero, (y olvidando decididamente la misteriosa puesta en marcha del aparato).

Asumí que era momento de pegarme una ducha, y mientras me preparaba, en la pieza aún se escuchaba la radio de fondo, pero esta vez con los acordes finales de “los sonidos del silencio”.

"Alto tema" pensé, mientras buscaba con gran urgencia mi anillo preferido en el cajón.

Hice memoria y me di cuenta que se lo había prestado a mi sobrina el día anterior. Dudaba que me lo devolviera, y a decir verdad, siempre le quedó mejor a ella. De todas formas pensaba regalárselo como herencia; es una de las pocas cosas que consideraba preciosas para mí.

Después de bañarme, llegó el momento de sentarme a desayunar... Y como era de esperarse en una jornada de sobresaltos , escuché un ruido en el patio.

Al mejor estilo 007 abrí la puerta y rodé por el piso. Me levanté como pude y me ubiqué en posición de alerta, sólo para descubrir que resultó que ser un gato negro que andaba por ahí (muy bello por cierto). 

Luego de que el animal desapareció entre los techos de las casas, recordé que tenía que ir al banco. Me dije: “el dinero no hace a la felicidad”, y “nadie tiene la vida comprada”;  así que me relajé, y por esta vez, no fui.

En cambio, encendí la tele y me puse a ver Mafalda. No había notado el paso del tiempo, y la vigencia y peso que la eterna niña de 8 años tiene en mi vida, definitivamente volvió a llenarme el alma.

Para cuando me quise dar cuenta era la una... ¡momento de almorzar! Pero, extrañamente,  no tenía hambre. Miré por la ventana, y ahí estaba: el cielo, celeste y blanco, imponente, brillante, desafiante; un día sin desperdicio que invitaba a salir y jugar.

Llamé a mi hijo y le dije: "ponete la camiseta, esa que tiene el 10". 

Me miró sorprendido; nunca le digo que camiseta ponerse, pero estoy segura de que le gustó: esa tarde la descocimos en el patio.

Le conté sobre el transcurso de mi extraño día y no pareció sorprenderse; solo tiene 10 años. Pero yo... yo sí entendí. Presencias se hacían sentir, y en el más dulce de los recuerdos baile, soñé, gambeteé y viví.

Y en un día común, los recordé, tan míos y tan nuestros; vidas y obras que no se han ido, se han transformado en un legado, que para nosotros será eternamente irremplazable.

Para vos