Resistencia Literaria: Los sonidos del ambiente

Lucas David Rock, estudiante de Comunicación Social, medio poeta, medio rockero, medio loco y completamente hincha de Boca, nos lleva al oeste bonaerense.

ARTE Y SHOW Lucas David Rock 28 de marzo de 2020
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Resistencia Literaria. Foto: (Ilustrativa)

Estábamos juntos de la mano cuando escuché los disparos. '¡Son tiros!' grité. Te agarré fuerte de la mano y sin soltarte nos metí al patio de la primera casa que vimos que tenía rejas bajitas. '¡Soy yo tío!',  grité, pero desde adentro no hubo contestación, nadie abrió. Entonces nos quedamos ahí, bajo del porche de la casa, abrazados.

Ahí nomás ví que pasaron unos tipos de traje, bien vestidos dando tiros por la vereda. Vos no los viste porque tenías tu cara en mi pecho mientras temblabas de miedo, pedías a Dios que se vayan y el tiempo se hacía eterno. Salimos de esa casa despacito, mirando para todos lados. Nadie se solidarizó y no nos abrieron las puertas, aunque vimos que por las ventanas se asomaban cabezas de personas entre las cortinas.

Ramos Mejía es así, hermético, no tienen la culpa de que haya tantos robos y tengan que vivir con miedo. Vos entendés esas cosas más que yo, que naciste y te criaste ahí, que me decías que no muchos se conocen y de la inseguridad que se vive. Me recordaste que yo por el contrario venía de un lugar duro, que debía, según vos, estar acostumbrado. Y me hiciste una pregunta, que me hizo pensar:


“¿Cómo sabías que eran tiros?”, me preguntaste. Fácil, hay que saber diferenciar los
ruidos, son todos distintos, pero no encontré palabras exactas para describirlos. El ruido de
los tiros depende del calibre, si es una escopeta es un estruendo, pero las armas más chicas y
los revólveres hacen como un... ¡Paf! Muy seco"

Te conté que a los balazos los puedo diferenciar de los cortes de las motos que son pequeños estallidos, de los cohetes que revientan fuerte y de los fuegos artificiales que suenan cortito en el cielo y luego se siente
como una ráfaga de pequeñísimas explosiones.

“En mi barrio se calienta la pava a los tiros”  te comenté y me reí, pero a vos no te hizo gracia el chiste. “¡Qué horror!” Te asombraste, pero para mí era normal. ¿De verdad es normal? En realidad, no creo que sea normal, pero así me crie. En el barrio La Loma de Laferrere, varias veces escuchaba tiros, más que nada en esas tardes interminables de verano en que uno vive en la calle.

Me la pasaba siempre ahí, sintiendo seguridad, jugando con los chicos y las chicas al poliládron, a las escondidas, a la pelota y a la mancha todo el día; de vez en cuando sonaban los cohetes, los cortes de las
motitos... y los tiros. Cuando sonaban esos últimos nos metíamos en una casita que teníamos en un
baldío;  la habíamos armado con pallets, chapas y unas lonas que habíamos encontrado. Desde ese entonces me acostumbre a diferenciar los ruidos.

Me dijiste con sorpresa y tal vez decepción que pensabas que era de San Justo, pero es porque ahora vivo ahí, alquilando un departamentito, bien chiquito, pero que para mí está bien. Me queda cerca del laburo y de la Universidad, voy caminando a todos lados, pago alquiler, pero no boleto. A veces voy a Ramos caminando también, si total, cuantas veces salí caminando hasta Ruta 21 para tomar el bondi por calles de tierra y de barro, de mucho barro los días de lluvia.

Ese día, la tarde de los tiros, te conté mi historia y de donde venía; no sé por qué no lo había hecho antes. Tal vez tendría miedo de los prejuicios, o no sé, tal vez de mis prejuicios hacia vos. Tenemos historias distintas, dos personas muy diferentes, una a la que podrían tildar de "cheta" y otra a la que podrían discriminar por "villera".

Tengo que confesarlo, esa tarde, cuando anochecía, mi mundo también se estaba volviendo oscuro, me imaginé que por mi pasado ibas a escaparte, que te ibas a ir, que te tomabas el palo y yo me quedaba inmóvil, solo eso.

No fue así. Me abrazaste tan fuerte que se me estrujaron los huesos y yo comencé a llorar, algo que nunca hago porque digo que "soy fuerte", pero en ese momento era un flan, y vos el caramelo que recubría mi cuerpo completo. Sonreímos y empezamos otra vez, o continuamos nuestra historia en todo caso, pero con más amor.


Ni me acuerdo como nos empezamos a conocer, sería por estudiar en el mismo lugar, o porque en ciertas cosas congeniamos y dio la casualidad de que se cruzaron nuestros caminos. Caminos que empezaron en lugares diferentes, aunque me acuerdo muy bien que una vez le pregunté a mi vieja: “Ma, ¿somos pobres?” “Sí, pero solo económicamente, en lo demás somos ricos”, dijo, antes de abrazarme. No me olvidé jamás de ese gesto.


Pero... ¿Sabes qué? no somos tan distintos, somos muy parecidos. Cursamos la misma carrera, aunque a veces tengo mejores notas que vos che, eso no lo podés negar. Vos me enseñás cosas de tu mundo y yo del mío, ahora que nos conocemos más. Ambos sabemos diferenciar los ruidos de las sirenas de las ambulancias, de los bomberos y la de la cana; son todas diferentes aunque parezcan iguales.

Además, hay un ruido especial, espectacular, que es el que más me gusta, pero que solo yo escucho. Ese sonido solo aparece en mi mente, cuando te veo venir.


Hace “¡Pum!” . Son las explosiones de los fuegos artificiales cuando salen eyectadas y el ruido de la ráfaga de la flor de colores que se forma en el cielo es tu sonrisa. Ahí soy feliz, eso, no lo puedo escuchar, pero si sentir.



Para vos