Pintada como una puerta

¿Buenos o malos? ¿y por qué? Esa es la cuestión.

LA BUENA VIDA Diego Gogna 09 de septiembre de 2020
GOGNA
Pintada como una puerta. Foto: Punto Ciego

¿Y si el Espíritu es la palabra que encontró Hegel para advertir (o para dar cuenta de que había advertido) ciertas repitencias en los textos de los pensadores, al menos en los europeos occidentales, acerca de la imposibilidad de otra cosa que el eterno retorno a los mismos temas, a las mismas preguntas, a las mismas angustias humanas a través de los siglos?

Sí, ahí salió con eso de que en nosotros el Espíritu se piensa a sí mismo y además de cuestiones muy jugosas que todavía nos alientan (hablando del pneumas) a pensar (valga la redundancia), también derivó que los sudamericanos no habíamos entrado en la Historia cuando él escribía en los 1800. Pero no es eso de lo que quería hablar. 

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Cuando digo “repitencias” pienso por ejemplo en la filosofía de los estoicos, que quedó escondida pero no superada ni del todo transformada por el cristianismo medieval, y que reaparece en el humanismo de Montaigne o Erasmo, pero también en Nietzsche o en el último Wittgestein. E incluso en algunas menos eruditas (pero publicitariamente no menos eficaces) corrientes actuales de autoayuda. Se me ocurre que todas estas son corrientes que nos hablan, a falta de un nombre más común y para ponernos de acuerdo, acerca de la moral. 

Habitualmente y de modo sencillo suele definirse lo moral como la capacidad de distinguir el bien del mal. Y uno podría preguntarse aquí ¿Para qué queremos distinguir el bien del mal? 

San Agustín (S. IV-V) incluso supo hacer ese juego (atrevido, inquietante) de la posibilidad de que lo que es bueno para nosotros es bueno porque Dios (el de su época de cristiano, porque tuvo varias versiones a lo largo de su vida hermosa y compleja) así lo quiere, pero si lo que llamamos mal, hubiera sido el bien en Dios, eso sería lo bueno.

Aunque no llegó a la transmutación de los valores de Nietzsche, y como lo único que quería era demostrar que Dios era la fuente de todo Bien, luego también tuvo que demostrar que no había otro bien posible que el concebido por la Iglesia. Pero imagino que no debe haber sido tan fácil leerlo, y sí lo imagino libre y divertido escribiendo esas cosas al viejo obispo de Hipona. 

Pero retomemos la pregunta de para qué queremos distinguir el bien del mal. Imagino aquí dos opciones (sí, aquí y ahora, ud. estimadx lector/a agregue, quite o modifique): una, para acertar haciendo lo que está bien y vivir tranquilxs. Dos, para saber lo que está mal...y hacerlo tranquilx mientras no te descubran. O sea: para vivir sin sobresaltos. 

Pero ante la pregunta de para qué queremos distinguir el bien del mal quizá quepa una tercera respuesta, igual de inquietante y atrevida: para ser los buenos, pero en el sentido Agustiano modificado: que lo bueno y lo malo ya no serían porque Dios así lo quiso, sino lo que cada quien o cada grupo que logre ponerse de acuerdo quiera que sea.

Lo inquietante no es esto, sino algo más. No importa aquí si lo bueno viene de Dios o de una decisión humana, sino por qué ubicarnos existencialmente como buenos. Pues incluso alguien podría considerar que lo bueno es ser malos.

De este modo, la cuestión final que les dejo es pensar que si en definitiva uno se ubica como lo bueno, desde ese lugar podemos decir qué es lo malo, y de ahí, quiénes son lxs malxs. Pero me pregunto también si esto no es lo que nos autoriza a decir “qué hacer” con el mal, y si en definitiva eso no es sino un modo de decidir qué hacer con lxs malxs. 

¿Por qué titulé este texto “Pintada como una puerta”? Porque hace unos días justamente leía sobre los estoicos, y resulta que “stoa” quiere decir puerta, pórtico, y es porque Zenón, el creador de esa escuela filosófica, reunía a sus seguidores bajo un pórtico pintado por Polignoto, en Atenas.

La Stoa Poikilé, que podríamos traducir como “puerta pintada”, era un monumento erigido en memoria de una matanza, y me llamó la atención que allí, bajo un monumento colorido, se reunieran a pensar la vida, y en cómo vivirla lo mejor posible.

Pero los estoicos no la pensaban sólo desde lo individual: pensaban que una buena vida individual se exigía a sí misma para que el conjunto pudiera vivir bien. Es decir, querían ser buenos, pero no para decidir qué hacer con “lxs malxs” sino para mejorar el mundo alrededor tratando de no hacer el mal, o no vivir a costa de la vida de otrxs. 

No sé, quizá haya que seguir pensando bajo nuevos pórticos de colores, que nos recuerden que somos capaces de matanzas, pero también de pequeños heroísmos en pos de un bien mayor. 

Ah! me olvidaba: al pensar en la “puerta pintada” me hace más sentido ese dicho de “se pintó como una puerta”, que yo nunca entendía pues las puestas actuales son más bien monocromáticas, uniformes, aburridas. No sé si el dicho viene de allí. Pero me gustó imaginar que sí. ¡Hasta la próxima! 

Diego R. Gogna

Docente - Investigador en Educación

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