La educación que nos falta

¿Es la docencia una vocación que aparezca entre las primeras opciones cuando se está pensando un proyecto de vida profesional?

EDUCACIÓN Y TRABAJO Diego R. Gogna* 15 de julio de 2020
DIEGO GOGNA EDUCACION
Diego Gogna y la educación. Foto: Punto Ciego

Una advertencia que hice hace ya algunos años (tengo 20 de profesión docente, en los que he pasado por distintas tareas dentro de las instituciones educativas) es que casi no había estudiantes que a la hora de elegir sus carreras, eligieran como primera opción la docencia.

No digo que nadie, digo que no era lo común. Y no lo sigue siendo. Por otro lado, cuando profesión y vocación se unen, generalmente ocurre que quienes se lanzan a estudiar el profesorado eligen el de inicial y a lo sumo de nivel primario. Pero en nivel medio y superior la historia suele ser otra. 

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Veamos: primero, que digo “la historia suele ser otra” pues en el imaginario, en nivel medio y superior el/la docente es alguien que busca tener unas horas para suplementar los ingresos de otras actividades que suelen ser las principales. Y si bien esto no es falso, no es lo común.




Además, hoy por hoy la provincia de Córdoba exige el trayecto pedagógico para poder ejercer como docente. Como capacitador de docentes (cursos con puntaje para el perfeccionamiento profesional) soy testigo permanente de que hay un sinnúmero de colegas que han estudiado para ser profesores/as, y que con un esfuerzo personal y familiar comparable al de cualquier profesional se siguen formando e invierten en su propia formación a lo largo de muchos años. 

Entonces, puedo aquí atreverme a decir que la vocación y la profesión no están ausentes en docentes de nivel medio y superior, al menos en el ámbito de la formación de docentes. 


Ahora bien, vaya como vaya el/la docente al aula, es decir, por vocación convertida en profesión, o por una entrada de plata que poco a poco se fue convirtiendo también en vocación, lo cierto es que la pregunta sigue abierta: ¿Por qué son tan pocas las veces que cuando se les pregunta a las/los estudiantes de los últimos cursos de Nivel Medio “qué vas a estudiar”, la primera respuesta es “docente”, pensando en el mismo Nivel Medio”?

Todxs quienes nos hemos formado en profesorados sabemos (o al menos estuvo en el contenido de alguna asignatura pedagógica) que entre los 15 y los 17 años el/la adolescente occidental está experimentando con la lógica. De hecho muchas de las discusiones que se sostienen a esa edad, sea con pares o con adultxs, adquieren la forma de una búsqueda de cierta consistencia lógica, búsqueda en la cual los matices tienen a esfumarse. Es decir: todo parece ser blanco o negro. Quizá no lo sea para el/la adolescente en cuestión, que permanentemente vive en la incertidumbre de sus inabarcables grises.




Pero ciertamente es así como trata de enfrentar el diálogo con lxs adultxs. O sea, anda buscando grietas lógicas o incoherencias en el mundo adulto, al que por otro lado se acerca cada vez más (al menos en ciertas representaciones reproducidas por nosotrxs mismos/as) y de ese mundo hace la crítica permanente.

Puestas estas ideas a consideración, amable lector/a, podríamos hipotetizar una respuesta a la pregunta sobre por qué no parece ser la docencia una opción vocacional/profesional visible para quienes van camino al egreso del secundario. 

Para construir la respuesta volveré a pensar en una pregunta. La típica pregunta sobre “y para qué me sirve estudiar esto” que tantas veces nos hacen las y los adolescentes. La pregunta sobre “para qué sirve” muchas veces en lugar de llevarnos a reflexionar junto a ellxs, desarmarla y mostrar un mundo de complejidades, nos pone en situación incómoda y nos apura a buscar ejemplos cotidianos de que efectivamente sirven nuestros contenidos disciplinarios “para algo”.




Y ahí, en el momento en que el/la adolescente nota nuestra incomodidad para responder (y esto puede ocurrirles también a padres, madres, tutorxs o encargadxs) también nota algo que suelen leer como “falta de convicción” de parte nuestra. Recordemos que aquí lo que tratamos de dilucidar es por qué no aparece la docencia en el nivel medio entre las principales carreras a elegir como proyecto de vida profesional. 

Si el mismo/a adolescente le preguntara a un mecánico o a una jueza posiblemente escucharía una respuesta más directa y simple. Pero no es nuestro caso, definitivamente. Recuerdo que en una oportunidad estábamos armando un curso para docentes sobre una idea innovadora, o al menos nuestro equipo pensaba que lo era. Pero la recomendación de la gente de marketing fue: “es muy complejo. Hay que decirlo de forma tal que la gente entienda para qué le puede servir el curso”.

Es decir, parecía que para convencer de que era importante hacer ese curso, tenía que servir para algo. Y lo cierto es que sí, lo queríamos proponer pues servía para algo. Para muchas cosas en realidad, y es cierto que lograr expresarlo con simpleza resultó una operación...compleja.


Lo extraño era que esa respuesta que no solemos poder dar de manera convincente a lxs adolescentes tampoco podíamos darla a docentes que se iban a capacitar en el marco de su propia profesión: para qué sirve educarse en el sistema formal. Y hacer que la respuesta suene convincente

Pensando estas cosas a la distancia, y justo en estos días que otros momentos hubieran sido más claros (el receso de invierno), supongo que habría que pensar al menos tres posibilidades o tres caminos para responder nuestra pregunta vocacional, y que por ahora mencionaré sólo como tres items, y más adelante elegiremos alguno para seguir conversando en nuestra columna de opinión. 

  • Que la respuesta a “para qué sirve estudiar esto” exige aprender que se puede pensar en el marco de la complejidad. Y que como dice el titulo de esta columna, este docente cree que es parte de la educación que nos falta: educar para la complejidad. Esa misma carencia de educación para la complejidad nos lleva a apurarnos a responder, pero también a que nuestrxs expertxs en mercadotecnia nos lleven, más exitosamente que nosotrxs en el aula, a simplificar. 
  • Que en el mismo orden, esa experiencia de diálogo entre técnicxs en publicidad y docentes nos enseñó mucho como equipo, y esa es otra pata de la educación que nos falta. Educar para el trabajo en equipo, que es básicamente un modo de trabajo complejo. 
  • Y ya en otro nivel, lo que lxs estudiantes de nivel medio leen como “falta de convicción” en nuestra respuesta, unido a la cuestión del para qué sirve estudiar, quizás conecte con la idea de que “servir para algo” es “servir para algo que me de plata”: un medio para vivir dignamente. También esa educación nos falta.

Pero resulta que no nos ven convencidxs (lo cual no quiere decir que nosotrxs no lo estemos, hablo, repito, de la lectura que nos hacen y hemos hecho también a esa edad) y ven que respecto de “ganar lo necesario” no somos los que mejor ganamos, incluso cuando las/los estudiantes (aunque no suelen decirlo) reconocen y valoran nuestro trabajo.

O sea: parte de la educación que nos falta es poder enseñar que nuestra tarea tiene un valor intrínseco, y que como profesión aún tiene mucho que desarrollar en su propia mirada como socialmente relevante, y en las medidas y valores actuales, que la vocación no es menos noble por pensar que deberíamos ganar mejor.

Pero más profundamente aún, que podemos ser felices ejerciendo nuestro rol. Imagino que si nos ven felices en el aula, siendo esto que somos, docentes, quizá la pregunta devenga menos compleja, y nosotrxs más convincentes. Y aparezcan más vocaciones docentes, más ciudadanxs dispuestxs a crear mundos mejores donde el “nosotros” sea cada vez más inclusivo, digno, humano. 



*Docente de Nivel Medio y Superior

Investigador en Educación

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