Resistencia Literaria: El (Re) Encuentro

Un Día del Padre, poco usual.

PALABRAS Lucas David González 21 de junio de 2020
EL RE ENCUENTRO
El re encuentro de Lucas David. Foto: (Punto Ciego)

La mañana estaba fresca y aún era de noche cuando tomé el primer bondi. Subí, me recosté sobre la ventanilla y dormí. Al siguiente segundo, estaba parado, agarrado del caño, mirando a la gente alrededor. No pensé en nada y miré hacia la ventana. Mis ojos fueron más allá del transporte de pasajeros; salieron por la vereda y se posaron en una pareja de rollingas, una chica típica de ese palo y un pibe que era del barrio donde me crié, con una remera vieja de los Gardelitos. 

Me detuve ahí, en los detalles, en ver a ese pibe que era de mi barrio viejo, que no era mi amigo y que además llevaba en su mano derecha un envase de birra de los de antes de 970 centímetros cúbicos. El envase viejo de Quilmes, que hasta parecía que tenía polvo, me hizo pensar que estaba en otro plano, que había viajado en el tiempo. De pronto me vi tocando el timbre y descendiendo la escalera buscando la parada para tomar el segundo bondi. 

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Al bajar, las calles se hacían inmensas y la cantidad de paradas interminables. Dos tipos con remeras de La Renga me descolocaban;  hace rato no veía gente con remeras de rock en la ciudad. Estaba en una rotonda, a la que la cruzaba un puente, debajo de ese puente un micro escolar, dentro del micro rockeros y afuera también, todos apretados intentando entrar.

No conocía a nadie en ese bus, pero igual pregunté. ¿Adónde van? ¿Quién toca? Nadie me dio bola. El micro partió, pero vi una camioneta de fletes con otros rockeros más adelante. Ahí, con un vaso de fernet estaba mi amigo "el chino", él me iba a decir que pasaba.

ROCKERO


Me acerqué y le pregunté, en ese momento un amigo suyo en cuero me dio un puñetazo débil en las costillas, me decía que no podía no saber, que todo rockero estaba enterado de lo que pasaba. El chino le pidió que se calme, porque estaba re loco y me contó que el Indio Solari tocaría esa tarde en un microestadio cercano. Me quedé callado y recordé que en la radio informaron que el Indio daría un recital gratuito en ese lugar. 

"¿Vas a ir?" Preguntó el chino. "Más tarde" contesté y le conté que tenía que hacer un trámite con mi viejo. "¡Mi viejo!" dije en voz alta, saqué el teléfono celular y lo llamé. Del otro lado de la línea mi padre me recordaba el número de línea que debía de tomar, que era blanco y azul. "Si, sí, estoy yendo a la parada" contesté, mientras caminaba. Di el primer paso para subir las escaleras del bondi mientras me agarraba del estribo y me desperté. ¿Qué pasó? Puse un pie en el estribo del colectivo y me desperté.

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Estaba acostado, enroscado en la cintura de mi mujer cuando desperté del sueño. Me levanté, como todo padre primerizo me cercioré que el bebé en su cuna seguía respirando y me fui. Era de madrugada, feriado, no trabajaba ese día, pero me tenía que ir igual, ya sabía yo adonde.

La mañana estaba fresca y aún era de noche cuando tomé el primer bondi. Minutos antes no pude escribir el mensaje. Cuando estaba en mi hogar mis manos sudorosas tomaron el celular y comencé a escribir a mi padre, quería expresarle cosas que jamás le había contado, pero la pantalla táctil se mojó por mis lágrimas que caían como gruesas gotas de lluvia. Con una mano froté mis ojos y con la otra quise seguir escribiendo, mis manos de manteca dejaron caer el celular y queriendo manotearlo en el aire lo estrolé contra el suelo.

Se rompió la pantalla del aparato, dejándolo completamente inútil y sin la posibilidad de ser reparado en la madrugada. Sin permiso tomé el teléfono de mi esposa, pero estaba sin batería, se había olvidado de enchufarlo antes de dormir. Entonces, me fui, si mi padre no recibía el mensaje por teléfono se lo diría personalmente. Espero que no sea tarde.

CELULAR ROTO


Mi viejo es de esos tipos que tiene millones de errores, que fue literalmente criado a los golpes. Nació en otra provincia, en otra época, por eso tuvimos tantas diferencias, somos muy distintos. Es un poco tosco y duro, hasta violento, no se le cae una idea ni por casualidad.

Por otro lado, es un tipo admirable, llego a esta gran urbe con nada y de a poco se fue levantando. Tiene más de 70, pero una fuerza de voluntad impresionante, tanto así que, si el diablo se presenta, se le planta y lo caga a trompadas. 

Hace poco, cuando tuve que construir mi casa, vino a poner los primeros cimientos, levantó paredes, puso ventanas y el techo. ¡Y el tipo pasa los 70 años!

Todavía viajo cuando mi cabeza está apoyada en la ventana, mis ojos apuntan hacia afuera del bondi y yo miro hacia adentro. Soñé que quería ver al Indio, un tipo que pasó los 70 años y que si pudiera tocaría en vivo. Si el parkinson lo deja y el Covid 19 se va, tal vez lo vuelva a ver.

Al otro viejo que quiero ver es al mío, por eso estoy en el segundo bondi viajando a su casa, a mi casa materna, al lugar donde fui criado. Todavía no llegué y ahí estoy, mirándome a mí mismo jugando a la pelota en el patio, yendo a comprar cerveza al almacenero, saliendo a bailar sin su permiso y diciéndole que me voy de viaje solo nuevamente. 

COLECTIVO


En el medio del viaje le pido a Dios que lo mantenga con vida, que pueda encontrarlo bien y que me perdone por romper la cuarentena, pero ya llevo muchos días sin poder darle un beso, tomar un mate o sentir su presencia. Llevo barbijo puesto, tengo alcohol en Gel para pasarme en las manos cada vez que toco algo y también una muda de ropa completa en la mochila. Mientras tanto, veo si la policía está parando.

¿Qué le voy a decir a la cana? ¿Qué me agarraron unas ganas irrefrenables de ver a mi viejo? ¿Qué quiero ver a un tipo que es paciente de riesgo y que quiero agradecerle por todas las cosas que hizo en mi vida?

En pleno viaje, hago como muchos otros hijos de padres viejos, pido a Dios que le dé salud y muchos más años de vida. No sé cuántos le quedarán, pero espero que sean muchos, los suficientes para ver a mi hijo crecer y si es posible, verlo terminar la universidad. 

Ahora que soy padre, no pienso tanto en mí, pienso en el encuentro que tendrán mi hijo y su abuelo cuando esta pandemia termine. La cuarentena es lo de menos, el virus mortal que anda dando vueltas en la calle es el verdadero problema. Sin embargo, acá estoy yo, rompiendo las reglas, tratando de pasar desapercibido cuando voy pateando las calles de mi antiguo barrio.

PUERTA


Llegué a mi casa sin hacer ruido, pero ya mis padres estaban despiertos. Pasé como un rayo directamente al baño, me bañé y me cambié completamente de ropa, mientras la de calle la metí en una bolsa y en la mochila. La desesperación por el encuentro me subía las pulsaciones a mil, la ansiedad me podía, pero me tuve que bañar y desinfectarme igual. Como corresponde, saludé primero a mi mamá. Le di un abrazo, un beso, otro abrazo y me dio un té caliente. Solté la taza en la mesa dándole apenas un sorbo y lo vi. 

Ahí estaba mi viejo, con una mano en el mate que estaba tomando y la otra, con un puño cerrado apoyado en la cintura. Así, lo vi, con sus ojos vidriosos, cansados y nubosos por la vejez. Las patillas de gallo ya parecían surcos de una tierra recién arada, porque estaba sonriendo. Vi esa sonrisa y me imaginé la sonrisa de mi hijo, que a la vez también es la mía y si bien el bebé no estaba presente, también estaba ahí, lo sentía.

Le di un abrazo, mientras varios abrazos recorrieron nuestras mentes. El abrazándome en el sanatorio luego de que me sacaran el apéndice, el abrazo en su cumpleaños 70, cuando volví de mi primer viaje al norte, cuando terminé el secundario, cuando fui papá. Había otro abrazo, uno que podrá haber sido en cualquier época, cuando venía de trabajar a la tarde y yo corría a sus brazos para que me haga upa.

Él nunca me lo dijo e intuyo que nunca lo hará. Pero yo sí, y se lo tengo que decir ahora, en vida. Te amo, Pá.


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