Mi amigo y lo intelectual

Dos (o más) preguntas sobre Educación.

EDUCACIÓN Y TRABAJO Diego R. Gogna * 20 de junio de 2020
diego r gogna
Diego R. Gogna. Foto: (Punto Ciego)

Fue hace unos días, un par de semanas, máximo. Estábamos intercambiando chistes en el grupo de whatsapp de la secundaria. Todos tenemos entre 43 y 46/47 años. Todos somos varones. Y claramente no todos heterosexuales. Hasta ahí lo habitual en un grupo de whatsapp que se precie de actual y diverso, que es más o menos lo mismo, al menos en las declaraciones de buena voluntad. Les sigo contando.

En un momento uno de mis viejos compañeros de curso escribe algo en alusión a que una chica trans para él no es una chica, sino un chico. Y a continuación, interpelado por otro miembro del grupo, responde que para él lo natural es lo natural. Y que él con las cuestiones intelectuales no se mete, que los que desde los libros quieran afirmar otra cosa que lo hagan, pero que para él la cosa es así y punto. Y finalmente aclara que respeta lo que piensen los demás pero ese no es su pensamiento. 

Y usted que está leyendo ¿qué piensa?... Ajá, pues les voy a contar cómo siguió este momento en mi cabeza. Iba a contestar, pero como soy un tipo de libros, lo primero que pensé fue: mi querido amigo me cerró la discusión, pues ya dejó claro que no le interesa lo intelectual. Al día siguiente, dentro mío, seguía pensando que había algo que no me cerraba en ese argumento, y finalmente creo haber dado con la respuesta. Al menos con la respuesta a la discusión que sólo tuvo lugar en mi cerebro.


El problema que no me dejaba tranquilo se puede resumir así: cuando alguien dice que no le interesa lo intelectual, pero hace una afirmación y recurre a palabras como “naturaleza” “pensar” “opinar” “respetar” “para mí”, está operando con conceptos. Y los conceptos, digámoslo de una vez, son del orden de lo intelectual.

De hecho, distinguir entre algo que puede ser natural y algo que no lo es, es básicamente una operación intelectual que requiere por lo menos dos desarrollos: uno, el del lenguaje. Y dos, el de las operaciones que hacemos con el lenguaje. Si bien ambos desarrollos comienzan en el núcleo de socialización primario (pongamos por caso, la familia) en nuestras sociedades contemporáneas estas capacidades se completan en y a través de los núcleos de socialización secundarios, cuyo paradigma suele ser la escuela. 

Si tomamos como base la educación obligatoria en nuestro país, cada estudiante pasa por la escuela entre los 4 y los 17/18 años, alrededor de 14 ciclos lectivos de 9 meses de duración. A 6 horas por día, durante cinco días a la semana, a cuatro semanas por mes, su educación obligatoria insume 15.120 horas de su vida, aunque aquí estamos descontando horas dedicadas al estudio, la resolución de tareas y los viajes y salidas educativas. O sea, en realidad sería bastante más. 


Es decir, surgen de este hecho dos preguntas o dos problemas más que como docente no puedo dejar de enunciar. El primero, cómo es que con 14 años en el sistema escolar básico, hecho y sostenido básicamente en las creaciones intelectuales de siglos, un ciudadano como mi amigo (y yo mismo en ocasiones, debo confesar) establece sus relaciones con la realidad a partir de ciertos conceptos que operan como evidentes y a la vez esconden estas sencillas trampas lógicas que las y los docentes no solemos enseñar a advertir

La segunda pregunta, acaso la que más me afecta como profesional de la Educación, es si eso ocurre porque quienes ejercemos esta tarea tampoco advertimos esas trampas, como producto de haber sido socializados/as en el mismo sistema educativo del que formamos parte, y las reproducimos.


Cuando esta mañana me preparaba el mate y me disponía a escribir lo que ud. está leyendo, a estas preguntas (casi retóricas, sí) se le sumó otra más, igual de inevitable: ¿Cómo es que sostenemos –con una también inadvertida  mezcla de sentido común y erudición- que en la casa se enseña “tal cosa” y en la escuela “tal otra”? Digo, pues la distinción poco clara entre naturaleza e intelecto,  podría implicar no sólo una postura intelectual, sino que de esa postura se derivan una serie de valores y actitudes fundadas en conceptos, y todo eso posiblemente tenga  que ver con lo que luego se vive, piensa y siente respecto de otras personas. 

Quizás aquí no haya respuestas, pero si me quiere ud. acompañar a seguir haciéndonos preguntas sobre educación, queda la invitación a leer mis próximas columnas. Aunque sea para ver qué hay en eso que aquí las editoras llaman el “punto ciego”. 

*Docente de nivel Medio y Superior

Investigador en Educación

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