Visitante Inesperado

Un relato resilente, sobre el paso del tiempo y la constancia de la fortaleza humana.

PALABRAS Luciana Navatta 20 de mayo de 2020
manos de mujerr
Visitante Inesperado. Foto: (Web)

Ya  era otoño pero el calor era sofocante ese 26 de marzo del 2017. Los equipos de aire acondicionado de la enorme casa de Morón no daban abasto para combatirlo.

Como todos los años Nora cocinó todo el día para recibir a sus hijos con sus respectivas familias. No era un sábado más en el que se juntaban religiosamente a cenar, era su cumpleaños. Su cumpleaños número 75. Por eso iban a cenar en el comedor ya que la vida actual de ella y Pablo, su marido, transcurría en “el quincho” como solían decirle, que era nada más que la antigua habitación de los hijos refaccionada y ampliada.

Ella nunca dejaba que nadie trajera nada y menos para su cumpleaños, ni que la llevaran a cenar a un restaurante para que ese día no trabajara tanto en la cocina.  

"Yo hago todo. No traigan nada por favor”,  era el latiguillo que repetía siempre.

Pero este año no era como los demás, aunque ella no lo admitiera por la tozudez gallega heredada de su padre.

A Nora la sorprendió un visitante con el que no se llevaba nada bien. Con él peleaba, se enojaba y a veces probaba con ignorarlo, aunque fuera imposible.

anoss

Sus manos se lo recordaban a cada instante. Su andar también. Aquella pierna derecha que arrastraba disimuladamente. Su mano, también la derecha, que temblaba sin parar aunque se la pasaba aclarando que sólo era cuando se ponía nerviosa y se encargaba de esconderla debajo de la izquierda. Su cara, con la isquemia en su ojo, que permitía la cargada de su hijo quien siempre le decía a su hermana:“Mirá Morgan”- por su guiño constante. Ya ni rastros quedaba de la lozanía de su cutis; el sufrimiento dibujó marcas como si fueran trazos al azar que reflejaba el dolor que quería disimular.

El parkinson había venido para quedarse, para limitarla, para enojarla; para negarlo con todas sus fuerzas.

Hacer la cena le llevó el triple de tiempo y trabajo. Y en la decoración de la torta, que se podía observar cuando Pablo abrió la heladera en busca de las bebidas, se podían observar los rastros de su acompañante.

Cuando fue a sacar la carne del horno sin permitir como siempre la ayuda de nadie y concentrándose en los movimientos como si fuera a desactivar la bomba más peligrosa; se le resbaló la fuente y todo fue a parar al piso. Sus gestos entre bronca, dolor y frustración parecía que iban a hacerle estallar la cara. Esta vez, como todas las veces lo hacía, no pudo contener las lágrimas y corrió lo más rápido que pudo al baño a enojarse con ella y sus circunstancias. No dejó que nadie fuera a consolarla.

mirada de abuela


Los nietos no entendían la situación y el resto de la familia trató de minimizar el hecho y hacer como si nada pasara recogiendo todo y sirviendo lo que se pudo recuperar de la comida.

Luego de un rato, Nora salió del baño con la cara enrojecida y desencajada. Ninguno se atrevió a decirle nada ya que no cabía la mínima posibilidad de querer ayudarla. Ella no lo permitiría, se enojaría muchísimo y los apartaría con todo su cuerpo. Porque Nora siempre pudo con todo e hizo todo. Porque Nora no se iba a permitir que ese “señor parkinson” viniera a decirle lo que iba y no iba a poder hacer. Justo a ella. ¿Quién se creía que era?

El festejo trató de seguir como si nada hubiera pasado. Aunque mientras cenaban, Nora apretaba fuertemente la mano derecha, la que le temblaba ahora peor, con la izquierda, como castigándola, como avisándole al visitante que no se la iba a hacer tan fácil.


Luciana Navatta es contadora pública y estudiante de periodismo Podés encontrar más de sus relatos y crónicas acá.

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